domingo, 28 de noviembre de 2010

contrato social

Juramos el pacto y prometimos adscribirnos a él. Protegerlo con nuestras vidas.
Elegimos al líder como se indicaba y sometimos nuestras identidades y cuerpos a la seguridad del
orden, al manifiesto del control y a la ley máxima del soberano. Adoramos sus virtudes y saciamos
su sed. Lo cuidamos como a una bestia herida. Luego le
armamos un refugio y un territorio propios, una institución y
un modo de gobierno.
Primero fue patriarca, luego mesías, más tarde rey, ley y policía.
Después un sistema fundamental de valores y normas le
dio cobijo y, con la cicatriz ya cubierta, la fiera anduvo suelta
por el jardín, ahuyentando los terrores ajenos.
No fue suficiente. Había hombres que aún vagaban sin rumbo
y atacaban nuestras reservas. Así que pusimos en jaque
de nuevo nuestros límites, sacrificamos nuestros propósitos
y dotamos al engendro de instrumentos de control y herramientas de defensa. Construimos un
cercado más tarde, luego una valla, y más tarde una muralla. La seguridad de la parcela nos permitió
vivir tranquilos aun con el riesgo de un contrario igualmente adoctrinado.
Lentamente nuestra eficacia se tornó anónima y la mano censora del pacto, repartidora de bienes
y puestos. Ya no pudimos renunciar al contrato inicial porque era juramento, seña marcada con el
peso de los muros, sustento fundamental de nuestras vidas. Condenados al control no tuvimos elección.
Fuimos instruidos para pactar, para asumir la norma y cumplirla. El pacto, a su vez, convertido
en mutante, capaz de apretar la soga y procurarse el siguiente apretón. Nos marcó a fuego su pauta
y su legitimidad; nos hizo pequeños y abarcables, pasivos productores e incansables máquinas de
jurar. No era posible la revolución y la subversión se convirtió en una nota al pie sobre la que seguir escriturando el pacto.




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